Pensamiento

The sun-comprehending glass,
And beyond it, the deep blue air, that shows
Nothing, and is nowhere, and is endless.

Philip Larkin

Cuando salgo a la calle en plan explorador

y he cambiado mis gafas de ver

por otras tan oscuras como que nada veo,

y pienso que a la vez yo no soy visto,

y ando absorto en mi mismo dejándome llevar

o como que siguiendo a un guía del diablo

a través de la rápida medina que lleva al bosque,

y de reojo miro a la gente, y sé que son de fuera

por las ropas que visten y el modo en que caminan,

y me siento vulgar entre la muchedumbre

-todos somos iguales en cualquier sitio y en cualquier idioma-,

y lo que tanto importa también nos alinea,

y entonces me hace falta sentir la inmensidad,

escapar del barullo de las falsas miradas,

sortear los ruidos huyendo hacia el murmullo balsámico del agua,

y entonces sí, pararme a descansar

al lado de una fuente, beber, respirar,

distinguir el piar que viene de los árboles,

la compenetración del sol con los saltos del agua,

y levantarme erguido para tomar las riendas de mis propios pasos,

dejo atrás la colina y ando hacia los jardines

donde quizás me cruce con los pavos reales,

en una de sus huertas me sentaré a la sombra de un almendro,

leeré algunas páginas de un libro,

y cuando mire al cielo en un descanso, vea la sierra al fondo,

recuerde lo pequeños que somos y lo solos que estamos,

me enfrentaré a mi propio pensamiento

y entenderé que habrá merecido la pena

el haber intentado siquiera conocerte.

Sobras de sombra

Acechando en las sombras

ojos de gato

sobre los muros rotos

sobre el tejado

sobre la blanca noche

sobre mis manos

que en la pared escriben

sobre el teclado

sobre las soledades

ojos tan caros

on the rocks consumidos

pido otro trago

sobran las soledades

sobra el teclado

sobran manos que escriban

noches en blanco

tejados muros rotos

sobra hasta el gato

y lo que nunca sobra

sigue acechando.

Sombra de la perra negra

La perra de mi vecina

no me deja dormir. Ladra

como si en celo estuviera,

aullando en la madrugada

y por la noche atrayendo

a mil perros en manada:

algunos vienen del barrio,

otros parecen de Italia;

los hay mugrientos y sucios,

flacos, gordos, con la rabia

y vacunados; castaños,

blancos y negros; faz chata,

bocas y dientes pequeños,

mandíbula encanijada

o protuberancias grandes

y hocicos de musarañas.

No vienen por mucho tiempo,

solo llegan por montarla

y si alguno se quedase

siempre lo despacha al alba.

 

¡Ay perra de la vecina!

Si algún día te encontrara

ladrando tú enfrente mía

con este palo te daba

duros y tiernos azotes,

y hasta un hueso te lanzaba

para que tú con tu boca

chuparas y devoraras,

y dejaras de gruñir

todas mis noches calladas.

 

¡Ay perra de mi vecina,

perra cruel, condenada!

Sombra de la perra negra

no hagas cosas tan humanas

que hasta distraes al poeta

que ya se va por las ramas,

soñando con las caderas

de la dueña de esa dálmata:

quiere que en su valle bailen

los ritmos y las palabras

y que ladren si es preciso

hasta la oveja y la cabra

pues él loco se volviera

si en ella se derramara.

Sombra de la perra negra:

ojalá fueras mañana.

Paseo solitario por el barrio

Pasea el solitario por las calles

de la ciudad antigua. Va pensando

en el paso del tiempo, los detalles

de su ración de vida y contrabando.

 

El camino empedrado, cuesta arriba,

alegoría involuntaria y cierta

de lo que lleva andado. Le incentiva

el zurear de una paloma alerta.

 

Al llegar a la plaza se detiene.

Por ser rectangular recuerda a Borges,

por la bifurcación que le deviene.

Y se acuerda de Jorge, los dos Jorges,

 

su amigo muerto y el fallecido autor

que le aconsejan no apartarse ahora

del principal sendero. Oye el rumor

de la gente sentada. Mira la hora.

 

Mientras va andando lo analiza todo:

gestos de conocidos y viandantes,

las hordas de turistas, al beodo

de la esquina que alegra con sus cantes.

 

La idea de la muerte le sorprende

al llegar a la puerta de una iglesia;

nunca ha creído en dioses ni defiende

el ateísmo férreo, disestesia

 

de quienes siempre buscan los extremos.

Lleva bien aprendido lo que importa:

no contar con sacerdotes supremos,

sí con lo que el camino nos aporta.

 

¿Y del amor? ¿qué sabe del amor?

Sabe que lo esencial es la familia,

el hijo que nació como una flor

de invernadero que al final concilia.

 

¿Y el otro amor, aquel que nos trastorna

y nos llena de noches encendidas,

aquel que de repente nos soborna

apretándonos con fuerza las bridas?

 

No quiere el solitario recordar

las veces que ha perdido la batalla

en los briosos campos del amar,

donde la pena siempre es la metralla

 

que se queda en el cuerpo del amante

vencido. Nunca supo retener

al lado boca alguna que le cante

bellas albadas al amanecer.

 

La tarde va cayendo. Se dirige

al mirador enfrente del palacio,

monumental estampa que se erige

sobre el rojizo bosque. Muy despacio

 

se dispone a tomar fotografías

que en un futuro puede le recuerden

la oscuridad que siente en estos días

de comienzos del año. No se pierden

 

los momentos difíciles del todo,

pero siempre se borra alguna cosa.

Se encamina hacia un parque. En un recodo

se encuentra con la sombra misteriosa.

 

Las sombras no le siguen, nunca salen

de la casa. Por eso le estremece

aquellas que en las calles sobresalen

al paso del portal número trece.

 

No son solo las sombras cotidianas

que encuentra normalmente lo que aterra

al paseante. Son presencias truhanas

que están en las entrañas de la tierra.

 

La que hoy le acongoja es colorida

y no sabe de dónde habrá salido;

es una sombra parda parecida

a la otra que ya ha visto y que ha sentido.

 

Es la sombra que vaga en el corral

de vecindad en donde habita: Cuesta

del Deseo 90, un infernal

hogar que vive con la muerte puesta.

 

Amarilla la parca, en bata azul

a veces por su patio da unas vueltas,

sin memoria presente, con un tul

de remembranzas tristes que andan sueltas.

 

Al jinete, el caballo caballero

muda; la indiferencia hace que en vida

se destierre a un olvido duradero

a quienes nos causaron grave herida.

 

Cuando muere el amor nacen las sombras,

cuando nacen las sombras la luz huye.

La noche cae de golpe cuando nombras

la causa de tu mal. Todo concluye.

 

Regresa el paseante solitario

a la casa del frío. Allí divisa

la muralla en ruinas que a diario

le echa en cara que el tiempo va deprisa.

Sombra terrorista

Una sombra asesina atraviesa la casa.

Dice que es terrorista liberada,

viene a por mi poesía.

Me acusa de escribir huecos poemas

de falso adolescente,

arrebatos de amor romanticones

o versos encriptados

del todo inteligibles.

 

¿Cómo escribir de forma que me entiendan

la vecina  de enfrente, el camarero loco,

el profesor de ciencias, el de literatura,

el pescadero, la estanquera tímida.

el desenamorado, los amantes,

el  que vende cupones en la esquina,

la que regala abrazos,

el yonqui, la macarra,

quien quedó en el olvido, los psiquiatras,

el que toca en el arco una guitarra afónica

y los malabaristas, y el pintor,

el cantaor flamenco, el policía,

la del puesto de frutas, la florista,

el vendedor de sueños,

la camella del barrio

mis padres  y los tuyos, los poetas?

 

¿Cómo decir más claro

lo que siempre te digo a todas horas,

que estoy loco por ti

aunque ya no tengamos feliz ayuntamiento

y ni sepa de dónde ha surgido tu enfado?

 

Que te quiero por ser

mi proyecto de reina,

reina de mi república

de golpe desterrada,

que tu recuerdo duele,

que tu recuerdo duele aunque no sepas verlo

pues eres la heroína de mis venas

que no llega a matarme porque es buena,

y es auténtica y pura,

y engancha tanto, tanto, tanto,

que desintoxicarme

en los tiempos presentes es difícil,

pues la crisis afecta

también al corazón y lo condena

a seguir de reformas, y en silencio

planear con las sombras

el próximo atentado.