Pandémica y cerveza

Imagínate ahora que tú y yo
a las diez de la noche
bebamos la cerveza, lentamente.
Imagínatelo,
en uno de esos bares memorables
de tapa del copón, con la persiana
medio cerrada, los camareros turbios,
y después de agotado el tema de la Covid.
Que te voy a enseñar mi mascarilla,
una máscara en piel,
con filtros recambiables y que duran,
comprada en Amazon -mon semblade, -mon frère!

Porque no es la impaciencia del bebedor de antaño
quien me lleva de copa hacia otras copas
bien cargadas de hielo:
yo persigo también el vino tinto,
un buen tinto reserva para beber despacio
y que alegre mi cuerpo sin resaca,
aunque me cueste caro.
¡Si yo no quiero emborracharme nunca,
si jamas he podido dejar vacío un vaso
sin sentir -aunque sea viendo doble un momento-
aquellas alegrías de los veinte años!

Para saber beber, para hacer eses,
haber estado ebrio es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas barras,
-con cuatrocientos baños diferentes-
haber tomado alcohol. Que sus misterios,
como dijo el borracho, son del Almax
pero un prospecto el libro en que se leen.

Y por eso me jacto de haber tirado gambas
sobre el serrín del suelo, los dos codo con codo,
mientras buscaba esa última aceituna.
Me conmueve el recuerdo de tantos bebedores…
Aquellos merenderos de montaña
y los madrugadores cazadores furtivos
y el café con coñac, los buenos carajillos,
tomados bien calientes, bebidos a sorbitos.
O aquel atardecer en una venta,
después del buen comer, de whiskys empapados.
O aquel garito en Cádiz, en barrio de la Viña.
Y recuerdos de clubes y locales
apenas entrevistos, de garrafón terrible,
de apartados sin luz, de camareras,
de tascas, de tabernas desiertas, de prostíbulos,
y de infinitas cantinas de playa,
llamadas chiringuitos.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en locales de una noche,
definitivas noches en tugurios sórdidos,
en antros recién fríos,
noches que devolvéis a los clientes
un olvidado sabor a mojitos!
La historia entre botellas, como una copa rota,
la triste languidez de avieso bebedor.
Sin olvidar
-salidas en mitad de la semana-
las bellas burbujitas del champán.
Aunque sé que de nada me valdría
ser un bebedor disperso
si no existiese el verdadero ron.
Mi ron,
pálido añejo de Motril,,
ese que por las noches yo me tomo.
Su madurez, la mía,
-que me pone cachondo-
me llega aún en destilada gracia
de cuando ya me doblo,
en cada encuentro alcohólico,
embriagándome. Sabiéndome a miel.
Y no hay ron tropical
que no me haga pensar en la tropical costa
en donde lo fabrican, antes de Salobreña.
Ni dolor de cabeza ni acideces
que pueda compararla
con el dolor que dan sus resacones,
los años de reserva
de nuestro ron.
Porque en el ron también
es importante el tiempo,
y dulce, en cierto modo,
mezclar con Coca Cola y mano temblorosa
su inevitable paso por el tubo
-mientras que basta un trozo de limón
en el vaso,
o los ligeros choques de cubitos,
para hacer derramar por mi barbilla
una baba mucosa,
marrón como el amor.

En su imagen borrosa,
cuando pase Pandémica y de nuevo nos llenen,
quiero acabar la noche degustando
el sabor del licor
y todos los licores que una vez probé
aunque no me gustasen, llevado por el ciego.
Por no perder las ganas de poder beber
sin pausa, sin gana y sin deseo,
mientras caemos juntos
hasta al final potar, los dos,
como dicen que potan los que han bebido mucho.

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