Carta de amor con silla

Mira la cama grande y abrazada

Luis García Montero

Pitukina preciosa,

Estoy esperando la llamada de un amigo reciente que vive en Budapest. Es catedrático en la Universidad de Toulouse, y está en vísperas de volver allí. Es también poeta, tocayo, y tenemos ciertas “historias paralelas”. ¿Y por qué te estoy soltando todo este rollo? Porque dependiendo de lo que me entretenga hablando con él podré escribirte esa otra carta que te debo tan importante para mí, porque me gustaría aclararte muchas cosas que no sé cómo decirte en persona, porque cuando te miro se me nubla el entendimiento, y es que cada rincón de tu cuerpo hace que me detenga a contemplarte y no controle ni a mi pensamiento, ni a mis gestos, porque es que me tengo que quedar embobado cuando rozo tu olor o siento al tacto “la luna de tus caderas” u observo la forma que tienes de atusarte el pelo; cuando estás bien y eres dulce -la mayoría del tiempo, Pituki- te lo acaricias con suavidad, con ternura, con gusto, que se le entran las ganas a uno de ser pelo y de darle un abrazote muy grande y muy “achuchao” a la dueña de ese pelo; pero los días en los que andas algo inquieta de espíritu y se te nota ansiosa, te lo tocas de diferentes maneras, casi siempre rápida y bruscamente, sin importar de qué lado, aunque a veces también con cuidada lentitud, sobre todo cuando te sabes mirada, observada, deseada o envidiada, porque si eres tú la deseante te lo atusas con picardía…

Cuando charlamos después de la cena dijiste que ser amigos tiene la ventaja de que nunca te peleas o discutes como a nosotros nos ha pasado, y que es más fácil hablar en el tono en el que hablamos anoche. Estimada señorita: permítase que la contraríe un poco, pero solo un poquito, porque también se pueden perder amigos por discusiones tontas, y yo recuerdo haber mantenido contigo conversaciones en el tono de anoche y en otros tonos muchos más dulces y embriagadores mientras estábamos de pareja; de hecho, abundan más esos momentos que los otros, los cuales – por cierto – son inexcusables. Por eso yo te quería contar, pequeñín proyecto de reina, cuáles son para mí los tipos de relaciones, y qué espero de ellas. Y buscando una metáfora que lo representara me encontré mirando a una de mis sillas.

– Hola silla, ¿hablamos?

– ¿De qué quieres hablar?, contestó.

– ¿¿¿De amor???, dije yo casi para mis adentros y con vergüenza. Me pareció oírla reírse, pero me dijo:

– Hablaremos mejor de los sentimientos.

Mi silla y yo coincidimos en que cualquier tipo de relación que se establezca entre dos personas en el terreno de la amistad y en el de la pareja, tiene que tener firmemente apoyadas en el suelo las cuatro patas de la silla: educación, cordialidad, respeto y libertad. Si falla una de esas cuatro, la silla se mantiene pero cojea, y en un descuido hasta podemos caer; si se rompe una segunda pata dependerá de cuál sea ésta, pero ya la inestabilidad es evidente; si se rompe otra, únicamente se mantiene si los cuerpos que están en ella la obligan a base de piernas apoyadas y brazos en la mesa; pero al final el batacazo es seguro cuando se rompe la última pata.

Yo a un amigo –le dije a mi silla- intento tratarlo siempre con educación y si alguna vez me paso me lo advierten amablemente y rectifico. Los escucho y les presto atención cuando me hablan, y los dejo hablar por educación, aunque no esté de acuerdo con lo que estoy oyendo.

– Me parece muy bien, dijo la silla.

Respecto a la cordialidad mis amigos lo son pues tienen la virtud de fortalecer mi corazón y son afectuosos, de corazón.

– ¡Qué buenos amigos tienes!, dijo mi silla.

– No lo sabes bien, respondí.

El respeto es fundamental; para mí, la mayor falta de respeto con un amigo es la mentira, el engaño. Soy fiel con mis amigos. Por eso creo que en el respeto entra la sinceridad: admito cualquier opinión siempre que sea verdad. Pero el respeto es, además, la consideración, la veneración, el acatamiento que se hace a alguien. Yo respeto a todos mis amigos y ellos me respetan a mí. La silla calló.

Y en cuanto a la libertad, ¡¡ah, la libertad!! A mis amigos: libertad sin límites en nuestras relaciones pero sin traiciones. La traición me parece imperdonable e inadmisible. Es enterarme o sufrir una traición motivo inmediato para romper cualquier amistad por mi parte. La silla cayó.

Tras levantarla del suelo y una vez recobrada de la impresión la silla me dijo que era todo muy preciso, y que para ella todo lo que había dicho era extrapolable al mundo de la pareja.

– Efectivamente, le dije.

– Pero ¿y todo eso es entonces el amor?, me preguntó la silla, que ahora ya no se reía del tema.

– Es parte importantísima del amor, amiga silla, pero no lo es todo. De hecho la respuesta la tienes tú.

-¿Yo?

– Claro, de momento solo hemos hablado de tus patas, si quieres seguimos con el resto. Por ejemplo: pasión y caricias, y sexo con besos están en el asiento. Pero asiento más patas sería una banqueta, o más bien, un banquetazo como el que pueden darse ocasionalmente dos amigos que se quieren mucho. Faltaría, pues, un buen respaldo como el tuyo, de madera buena, labrada, con adornos. La balda superior nos da la estabilidad en la parte alta del cuerpo, en la cabeza, la estabilidad emocional necesaria para que quien fuera tu pareja pase a ser algo más: una persona con la que te gusta estar y ser en cualquier momento de la vida. Y la balda de abajo la voy a dejar para la imaginación, como para la zona baja de tu espalda donde comienzan todos los masajes, todos los deseos. Y para completar la silla, las baldas tienen que estar sujetas a la parte alta de las patas traseras, donde se cuelga el bolso, la zona económica, lo compartido. Por eso la madera mejor que sea noble. Desde ese instante, ya todo es mejorar: un cojín para el asiento, la cama grande y abrazada, la realidad de un proyecto en común, los sueños más ocultos, el último eslabón hacia la felicidad. Esa silla, silla, es para mí el amor total y entregado a alguien, eso que llaman “estar enamorados”, aunque yo preferiría “ser enamorados”.

Adiós chiquitina, morenaza, guapa

P.D. Al final este amigo no llamó y me he quedado hasta terminar la carta. A ver a qué hora amanezco. Nos vemos a las 11.

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