Recuerdo primero y último de Javier Egea

Recuerdo bien tanto la primera como la última vez que vi a Javier Egea. Y es que hay momentos, cosas y circunstancias en la vida de cada persona que nunca caen en el olvido. La primera ocasión en la que pude dirigirle la palabra fue en 1989, pero no obtuve muy buenos resultados. Sé que era primavera, pero no recuerdo la fecha exacta, y sé que fue en La Tertulia, el bar cultural más importante de la ciudad por aquel entonces y en el que comenzaría a trabajar al siguiente año. Yo era todavía casi un recién llegado a Granada. Mis padres habían decidido que dejábamos Estepona para mudarnos a una ciudad donde tanto mi hermana como yo podríamos seguir estudiando. Así que hice COU en el instituto Alhambra, en el barrio del Zaidín, pero fue durante mi primer curso en la Facultad de Letras cuando comencé realmente a conocer la ciudad y a disfrutarla. Sé que era primavera porque un amor me tenía desquiciado, y yo iba a consolar mis penas y a refugiarme en la escritura de unos versos del todo vergonzosos -no sólo por hallarme en la Edad de Piedra de mi aprendizaje poético, sino principalmente porque tenía más de subidón de testosterona que de oficio literario- a La Tertulia. En la Facultad de Letras, La Tertulia ya era un lugar mítico, un bar bohemio donde acudían artistas, pintores, poetas, escultores, músicos, actores, y por donde yo sabía que frecuentaba Javier Egea. En 1989 yo sólo había leído Serena luz del viento, su primer libro, publicado en 1974, un ejemplar que compré en los anaqueles de saldo de una de las librerías Urbano de Granada, en la calle de Melchor Almagro. Yo había dado con Javier Egea siguiendo la pista de los autorers citados por Luis García Montero en los dos libros que me había leido de él, Diario cómplice y El jardín extranjero (libro este último en el que, por cierto, también hay una cita de Mariano Maresca que me enganchó y fue mi motivación para querer conocerlo: sabrás por la presente que empeoré de vida). Diario cómplice lo compré al comienzo de mi primer curso en Letras, antes de haber tenido a Luis como profesor, una tarde en la que me refugiaba de la lluvia en la desaparecida Galerías Preciados.

Recuerdo que me acerqué al libro porque me llamó la atención el color rojo de su portada, lo ojeé porque me resultó sugerente el título, comenzó a interesarme con el prólogo de Rafael Alberti -fue allí donde por primera vez supe de la existencia de Javier Egea, a quien el gaditano cita como el “amigo, el por siempre «a la concha de Venus amarrado», permanente y arrebatado poeta Javier Egea.”- y decidí comprármelo después de leer: “Rojo temblor de frenos por la noche./Así sueño el amor, así recuerdo,/entre la madrugada olvidadiza,/sensaciones de turbia intimidad,/cuando tener pareja conocida/es un alivio para los extraños”. Era una poesía cercana y, sobre todo, diferente a lo que había leído hasta entonces. Como aquel libro me gustó, estaba convencido de que también me iban a gustar todos los autores que citaba. Y así fue como me hice con Serena luz del viento, y tantos otros.

Pero decía que me llevé un chasco la primera vez que intenté hablar con Javier Egea. En esa primavera lejana, yo acostumbraba a llegar puntualmente a mi cita casi diaria con La Tertulia sobre las 8 de la noche, cuando el bar abría. Allí buscaba el cobijo de los boleros tristísimos, de la canción francesa, de los tangos llenos de despecho que Cacho, el camarero, seleccionaba como si supiese todo lo que por dentro me carcomía. Así fue como una tarde, hablando de tangos, Cacho me dijo que La Tertulia había editado un libro donde se recogían tangos de los autores granadinos a los que yo tantas ganas tenía de conocer. El libro, con tapas negras y un troquelado en mitad de la portada en el que se veía el dibujo de una pareja bailando, se titulaba Granada Tango.

La edición era de 1982, cuando el grupo estaba asentando las bases de la otra sentimentalidad. En ese libro estaban publicadas las letras de un concurso de tangos organizado por el local y que fue ganado por Egea con el magnífico “Noche canalla“, musicado posteriormente entre otros por el desaparecido Esteban Valdivieso. Cacho, el camarero, me habló de Javier, y me dijo que era un poeta magnífico, y que iba muchas veces por allí. Me prestó el libro y me senté a leerlo, comenzando con “Noche canalla”. Al poco tiempo ya me sabía casi de memoria aquel poema con el que -por supuesto- me identifiqué de inmediato, aunque sólo fuese por compartir con el yo poético de Egea la desesperación por una pérdida (”Esta noche canalla no respondo de mí”). Conforme fue pasando el tiempo comenzaron a llegar los primeros clientes a La Tertulia: dos tortolitos que juntaban sus manos, por encima del humo del café, sobre el frío mármol de la mesa; un extraño, curioso y misterioso japonés que escondía sus ojos tras unas enormes gafas oscuras y que hablaba casi en exclusivo con monosílabos, tapándose la boca e inclinando ligeramente la cabeza hacia adelante cada vez que asentía a las palabras del camarero; y algunos otros personajes solitarios que empezaban a hacerse un sitio en la barra del local o se sentaban en una mesa con actitud vigilante, observando a quien entraba y salía, como si siempre estuviesen esperando la llegada de alguien más.

Yo había pasado de la lectura a la escritura, y me hallaba sumergido en el garabateo de algunos versos que se pareciesen en algo a aquel tono “otro” recién descubierto, cuando Cacho reclamó mi atención. Me acerqué a la barra y señalándome con la cabeza la penúltima mesa del local, que se encontraba al lado del escenario pero medio escondida por una columna, me susurró que quien allí estaba escribiendo algo en un cuaderno era el poeta Javier Egea. La emoción que me embargó es todavía indescriptible, pero recuerdo que se apoderó de mí un nerviosismo inútil que me hizo ir al servicio dos o tres veces para tener la oportunidad de observar bien al poeta, cuya mesa se encontraba justo enfrente de los baños. En la última visita noté que se me quedó mirando, y entonces me fui a la barra para inquirir de Cacho alguna sugerencia sobre cómo presentarme, sin duda con la esperanza de que lo hiciera él. Pero para entonces a Cacho se le había acumulado el trabajo y no tuvo tiempo más que para decirme que Javier era alguien muy cordial, que con que le dijese mi nombre y le comentase que me acababa de leer un poema suyo o algo así, sería suficiente. Yo me quedé un instante pensando las palabras. Quería que supiera que el poema no sólo me había emocionado, sino que había logrado conmoverme. Pero de repente, y sin haberme dado cuenta, el poeta estaba a mi lado en la barra, esperando a Cacho para pagar e irse. Se había tomado un descafeinado y se me ocurrió que invitarle al café sería una buena manera de presentarme, pero ese día ya me había tomado tres cervezas y no sabía si me iba a llegar para el café. Así que lo que hice fue volverme hacia él y preguntarle de sopetón si era Javier Egea, el poeta. Para mi sorpresa me dijo que no, que él no era Javier sino un hermano suyo. Tras los primeros momentos de confusión logré reaccionar y le conté que el camarero me había dicho que él era Javier Egea, el autor del tango Noche canalla, a lo que él contestó que Cacho lo habría confundido con su hermano y que era algo frecuente porque eran gemelos. “Yo estoy escribiendo la música para el poema. Soy Braulio Egea, músico”, me dijo. Y sin esperar a que Cacho terminara de servirle otra ginebra con cola al japonés, se despidió en voz alta y se marchó.

Y la última vez que lo vi fue durante la Feria del Libro de Granada de 1999, es decir, entre el 14 y el 23 mayo de aquel año. Lo recuerdo con toda claridad porque yo entonces vivía en Holanda y visitaba Granada en contadas ocasiones. Y recuerdo que en aquella Feria Javier presentaba y firmaba una nueva re-edición de Paseo de los tristes en la colección de poesía “Maillot Amarillo”. Lo sé porque me firmó un ejemplar que compré añadiéndole una pequeña trampa a la dedicatoria que me obligaba a regalárselo a mi pareja de entonces. Y lo sé porque cuando me acerqué para que firmara le dije que me casaba ese verano, a principios de septiembre, y quería invitarlo a la boda.
“¿A principios de septiembre?”, preguntó. “No voy a estar por aquí”.

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