El cartero doblemente vivo (IV)

LOS PERSONAJES (y 2)

  • El Cartero de Quisquete

Y es en este punto donde cambiamos de personaje para centrarnos en el Cartero de Quisquete. Para empezar diremos que, al contrario que el de Neruda, este cartero es un personaje como los de Pierre, vicioso de uno u otro modo. Como ocurre con Bartleby, no se sabe nada de él hasta el fallecimiento de Egea. Y nuestro cartero tampoco es nada del otro mundo: un trabajador anodino, simplón y también con su algo de cadavérico. Llegó al puesto de escribiente -o amanuense, pues gusta de revisar y puede que hasta copiar a mano todos los manuscritos de Egea para “fijarlos” definitivamente (lo imagino, incluso, hasta haciendo ejercicios de imitación de la letra del poeta)- no de la mano directa de un abogado, pero sí después de un largo juicio para dirimir la controversia sobre el legado y la herencia del poeta y en el que prevaleció la voluntad del manuscrito más enrevesado de Javier Egea: su testamento ológrafo. Una de las cosas que nunca se aclara públicamente sobre la “última voluntad” del poeta es si dejó por escrito cuál habría de ser el papel del cartero en todo el embrollo que -Egea imaginaría- se iba a formar con su testamento. Y es que, por más vueltas que le doy, no encuentro explicación razonable para pensar que Javier Egea tuviera en mente al cartero como depositario de su su legado literario. Si así lo hubiera querido, con lo meticulosamente que preparó todo, lo habría incluido en el testamento o en algún otro documento. Pero no parece que haya rastro de su nombre en ninguno de los manuscritos escritos por Egea la noche de su suicidio. Lo único que el Cartero de Quisquete alega es una visita que el poeta le hace en Barcelona unos tres meses antes de su muerte, y que -en palabras del cartero- fue premonitoria ya que Javier le hace ver, en cierta manera, sus intenciones respecto al futuro de su obra literaria tras su muerte  (habría que saber cuál fue esa cierta manera o si el poeta no  se encontraba en estado de fermentación, como Merville, cuando lo dijo). No sabemos si entre otras, pero al parecer, Egea le confió al cartero la tarea de que no se permitiera jamás la publicación de sus escritos juveniles de aprendizaje, algo que el cartero toma como misión y que, por otro lado, no suele desear ningún escritor. Tanta es la mimetización que El cartero de Quisquete busca -suponemos que para cumplir fielmente los deseos del poeta (el Código de Sucesiones dice que, si es menester, el albacea debe integrar en él mismo la voluntad del testador)- que hasta se procura el parcido físico con el poeta. De hecho, la última vez que vi al cartero en persona no sólo se había dejado una perilla que recordaba a la del poeta, sino que utilizaba expresiones y gestos -como la sonrisa media ladeada- que hacían del cartero una caricatura penosa de Egea ¡Si hasta llevaba las gafas colgadas con un cordón alrededor del cuello!. En fin, en ese viaje a Barcelona, que el poeta emprendió no tanto por ver a su “amigo del alma”, sino invitado por la Universidad de Lleida que acababa de editarle un cuaderno, ya andaba por allí la que se convertiría en heredera universal del poeta. Y con los efluvios que salpicaban el emotivo y sentimental encuentro -el cartero y el poeta se conocían desde los comienzos alcóholicos de ambos, aunque no solían verse porque el cartero tuvo que dejar su Granada para emigrar a Cataluña-, no es de extrañar que en los primeros momentos de conmoción tras el entierro del poeta, el cartero y la heredera hablaran y acordaran que esos maravillosos días pasados en Barcelona eran sin duda el mejor testimonio de que Javier consideraba al cartero como un amigo, y que incluso le había dado instrucciones relacionadas con la gestión de su legado. Es en ese  momento cuando cuaja el binomio cartero-heredera, y el personaje pasa a convertirse en albacea literario con lo que tal cargo conlleva: poder de decisión con respecto a un legado literario, es decir, sus derechos de autor y otros derechos sobre la propiedad intelectual de su obra, y lo que es peor, administrar no sólo “una “cartera de valores” literarios, sino la reputación póstuma del autor” (Wikipedia). Y de sus bienes, habría que añadir. Y es aquí donde volvemos al recuerdo de su biblioteca.

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