Poemas del contrabando

I

Frontera y contrabando
la calle Buensuceso donde vives.

Ilícito es tu cuerpo al despertar,
y las noches quisieran suicidarse
cada vez que regresas
con el corazón sólo,
la urgencia en tu hermosura,
pues morir deseándote
no es una alternativa desdeñable
en los tiempos que corren.

Más tarde, diferentes caminos olvidados
te llevarán allí, a los olivares,
a la estación cercana
donde siempre te esperan,
y sabrás silenciar
-el tiempo así lo exige-
el piso de ciudad que abandonaste
al menos por dos meses
y hasta otoño.

II

Aquí, si yo pudiera
ofrecerte un viaje de aventuras,
navegar por las aguas extranjeras
y dejar estas tierras y esta dura
ciudad que me asesina,
dejar de traficar con la tristeza,
con la muerte y el odio que culminan
robando tu belleza y mi entereza,
si yo pudiera, amor, si yo pudiera
desotoñar el tiempo que nos queda
llevando a otra calle marinera
el juego de la luz por otros labios,
renunciar a mis modos temerarios
y olvidarme, olvidarme del pasado,
y entregarme a tus ojos lacrimosos,
tan pequeños, tan vivos, tan hermosos,
que mi cuerpo y mi vida te la diera
si yo pudiera, amor, si yo pudiera.

III

Me veo en el derecho a preguntarte,
después de tanto tiempo
navegando en tu mar,
por qué ese color verde
de tus ojos tan negros,
y esa curva oceánica
de tus embarcaderos,
y la zona intermedia
de tus anticiclones
no buscan la vaguada,
el viento en calma
que me lleve a buen puerto,
me libre del naufragio,
y me nombre de nuevo
almirante en funciones
de tu barco.

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