Casa desahuciada

Estoy cansado de las casas,
prontamente en ruinas sin un gesto.

Luis Cernuda

I

De golpe,
aprender a avanzar humillado
por lo que fue tu barrio hasta ese día,
saliendo de la casa
con la herida amarilla de quien todo
arriesgó -los vecinos
se asoman tan contentos
de poder contemplar otro deshaucio-,
de repente,
una herida indolora,
las grietas de un diciembre fin de siglo.

Es más diciembre ahora que hace un año.

A mi espalda la casa
– más diciembre también, más aterida –
parece que se queja del expolio
que sufren sus paredes,
sin tachones de luz por los rincones,
sin ropa preparada en los armarios,
sin recuerdos de ti,
sin tus recuerdos.

Por todo el bulevar
hombres por cuya edad
ya nadie se interesa
lanzan con fuerza al aire
sus cañas. Quieren
rescatar la memoria
de un tiempo en el que el río no era un río
sino puerto de mar
con distintos marinos trajinando.

El que pierde un hogar
no lo ha perdido todo.
Mirad, si no, este atardecer distinto,
con las luces que anuncian la ciudad
después del río.

Junto al perfil dorado de una iglesia católica
la estación, que de lejos asemeja un palacio,
abre sus puertas centenarias. Veo
llegar el barco. En un momento estaré allí.

II

El que pierde un hogar
nunca lo pierde todo,
porque suma al final
un punto de esperanza:
son los latidos últimos
del que aún no se rinde aunque diciembre.

Es más diciembre ahora que hace un año,
y sin embargo nadan
todavía los patos
por los rincones del embarcadero.
Alguien les lanza migas
y por cientos acuden al banquete
palomas y gaviotas.
Insólitas, veloces,
descienden desde el cielo.
No sé de dónde vienen.

Asomado al pretil
hay un niño que observa
ensimismado el río.
Un barco de papel
se desliza inseguro por el agua,
oscila, se mantiene.
No podrá resistir
durante mucho tiempo
el lamiente vaivén
que deshace su frágil armazón,
su simple arquitectura.
Será apenas un lapso su existencia,
pero su imagen flota como un sueño
en los ojos del niño. La ilusión
justifica su vida
y una historia. La historia
solamente es verdad
cuando la cuenta un niño.

III

He perdido un hogar,
la casa, los recuerdos.
Pero vuelven los trenes
que entoces, cuando niño,
deseaba coger por ganar aventuras,
por cumplir con los sueños.

Por eso, hoy,
entre sueños robados
a mi propia niñez,
me acerco a la otra orilla
para ser el primero
que te escriba unos versos,
en esta hora de rápidas campanas
que dividen los siglos,
en este nuevo mundo, amor, sin ti.

Y otra vez cruzo puentes,
atravieso canales,
dejo calles y plazas,
y al acabar los fuegos
que como un rito mágico iluminan
el cielo abandonado,
grito tu nombre fuerte,
más fuerte que el estruendo
de las celebraciones,
y enfrente del palacio
alzo mi copa, pobre,
como si aún pudiera
brindar en la distancia del deseo,
como si aún quisieras
brindar por mí.

Amanece.
Y el tiempo
me traslada al pasado más reciente
llevándome sin trampas al futuro.
Y el pasado es un tren que tiene prisa
por olvidar sus días de vieja maquinaria,
cansado de volver constantemente
a la misma estación,
a los mismos andenes,
con los mismos viajeros
somnolientos y anónimos.
Y el futuro es un tren que tiene prisa
por estrenar sus días de nueva maquinaria,
por conocer estaciones distantes
y viajeros alegres y despiertos.

Mas pasado y futuro,
realidad y deseo,
viajan en los mismos
raíles que el presente.

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