La teta y la luna

Lo confieso. Al principio
me enamoré de tus enormes pechos,
desmesuradamente grandes,
redondos, sostenidos. No te enfades
si te lo cuento ahora,
después de tanto tiempo.
No pretendo ofenderte.
Sólo quiero que sepas
que aquello fue una forma de atraerme,
hacer que me fijara en ti,
que te pidiese apuntes
para el siguiente examen
y quedásemos luego citados por la noche,
en tu pequeña casa junto al mar.

Me gustaba estudiar geografía contigo
porque me levantabas la camisa
y con tu mano izquierda
recorrías mi espalda,
buscando la frontera portuguesa
o tu pueblo natal en Teruel.

Fuimos buenos amigos desde el primer momento
y a mi me molestaba quedarme tan colgado
al mirarte a los ojos. Fue terrible
ir descubriendo cualidades tuyas,
tales como el cariño
que empleaste al hablarme
de tu novio en Madrid.

En las noches de luna
recuerdo tu perfil de joven diosa
aquella madrugada en el acantilado,
cuando me desnudaste
y sin mediar palabras
te desnudé yo a ti.

Es nuestro gran secreto, ya lo sé.
Y te he jurado
que nunca, nunca, nunca
lo voy a revelar. Pero te pido
un único favor:
déjame dedicarte este poema.

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